Feingeschliffen

All in all a very dying race

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Location: Barcelona

Saturday, December 12, 2009

La gran ciudad

Sábado, cuatro y cinco de la tarde. En el metro, a mi lado, una mujer china manipula un traductor electrónico de bolsillo. Con una caligrafía poco acostumbrada al alfabeto latino transcribe a un papel lo que aparece en la pantalla.

agresiones terribles


Concentrada, sigue pulsando teclas y escribiendo como puede.

desgraciado / desdichado / funesto / mal agüero / mal presagio / mala cosecha

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Thursday, September 17, 2009

La gran ciudad

Jueves, cinco de la tarde. En los Ferrocarriles de la Generalitat un niño de cuatro o cinco años, con rasgos claramente sudamericanos, le explica emocionado a su madre cuánto se había divertido en el patio jugando con sus amigos a luchas de peonzas hasta que sonó el timbre anunciando el final del recreo: "Patrick jugaba con Dominic y yo jugaba con Jason".
Al parecer y pese a quien le pese la gran ciudad sigue siendo cosmopolita.

Juegos sin fronteras, guerra sin lágrimas.

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Friday, January 16, 2009

La gran ciudad

Son las 8:30 de la noche en la gran ciudad. El autobús de la línea 64 va bastante lleno porque suele tardar en pasar. Dos señoras de edad avanzada --deben de rondar los ochenta años-- y el marido de una de ellas, ocupan los asientos reservados para las personas que requieren una atención especial. Las dos mujeres hablan sin cesar. El hombre calla. Se tratan de usted. Hablan de la muerte. Van mencionando casos de fallecimientos recientes: dos vecinos de la escalera, tres de la parroquia… Un cáncer de huesos diagnosticado demasiado tarde, un infarto con sólo 53 años… "Los matrimonios se tendrían que morir a la vez". "Sí, eso es lo que todos querríamos". El hombre calla. "Bueno, en fin, hablemos de cosas más agradables", propone una, "porque al fin y al cabo uno no se muere hasta que no le llega su hora". Y vuelven a hablar de la muerte. El autobús llega a una parada y una de las mujeres se dispone a bajar. "Bueno, señora, encantada". Acaban de conocerse.

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Friday, April 25, 2008

La Gran Ciudad


Son las 6 y media de la tarde. Camino por una calle de un barrio acomodado. En esta época de teléfonos móviles, una señora está parada delante de un teléfono público (ya no hay cabinas en la gran ciudad), pero no hace uso de él. Al acercarme me llama; parece que necesita ayuda. Efectivamente. Sobre la repisa hay una moneda de un euro y algunos céntimos y un trozo de papel, con algo escrito a mano. "Perdone, ¿me puede decir cómo funciona?" Algo sorprendido le señalo la ranura para las monedas. "Se pone aquí el dinero". No parece entenderlo muy bien. "Póngalo usted, que no sé como va", me dice. Cojo la moneda de un euro y la deslizo en el teléfono.
"¿Y cómo funciona esto?" La pregunta es más sorprendente, porque ahora señala el auricular. "Se descuelga y se habla", respondo. "Es que no lo he hecho nunca", dice. O algo parecido. Me dice que haga el favor de llamar yo. Me dispongo a hacerlo; soy así de amable.
En el papel están escritos los detalles de un centro de cardiología. "No sé si hay que marcar este número", dice indicando un número de teléfono, "o éste", continúa. Pero lo segundo no es un número, sino la palabra "CIRCULACIÓN" escrita en letras mayúsculas. Tecleo el número y le entrego el auricular.
"Hace tuuuuuu, tuuuuuu, tuuuuuu", me dice.

"Eso es que está sonando, ahora le contestarán".

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Monday, July 16, 2007

La gran ciudad


Lunes, siete de la tarde. Una frutería-verdulería expone sus productos en la calle. Llaman mi atención unos muy apetitosos tomates, tanto por su aspecto como por su buen precio. Me decido a comprar unos cuantos. El procedimiento de compra es el siguiente: el cliente toma una bolsa de plástico, escoge lo que le apetece y, a continuación, hace cola hasta llegar al mostrador donde los tenderos (sorprende que no se trate de inmigrantes, tan habituales en este tipo de comercios en mi ciudad) proceden a pesar y cobrar la mercancía.

Tiene éxito la tienda. Numerosos clientes se arremolinan entre los alimentos y preguntan constantemente "¿quién es el último?". La gente guarda cola pacientemente. Una mujer mayor (setenta o setenta y cinco años, diría) remolonea más de lo normal. Se hace notar. "¿Quién es el último"?, pregunta. Una mujer joven responde. En la cola, la anciana sigue moviéndose inquieta. De repente se dirige a la joven. Habla en catalán: "Voy a ponerme allí delante --señala el mostrador--, pero no voy a colarme, ¿eh?" Una vez allí entrega su bolsa al dependiente que la pesa y cobra. Nadie dice nada.

Me doy cuenta de que, para aquella mujer, probablemente con menos prisa que la mayoría, lograr ser atendida antes es un gran triunfo. Una necesidad. Una misión.

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Tuesday, January 09, 2007

La gran ciudad IV

Sábado, once de la noche. La fealdad de la ciudad no queda enmascarada por la oscuridad. Un señor aspira con fruición un porro sin dejar de caminar. Las casetas de los estafadores que venden juguetes durante las fiestas de Navidad dejan paso a las de los artesanos que intentarán también, a su manera, sacarnos la pasta. Los jugueteros podrán vivir de rentas en sus mansiones de Beverly Hills hasta el año que viene. Algunos de los artesanos que se afanan en la preparación de las casetas también aspiran el porro, pero va más con su imagen. A la altura de una boca de metro una chica me saluda con la mano. Es guapa. Hace ademán de acercarse a mí con los brazos semiextendidos. Indudablemente su intención es darme un abrazo. Debe de ser corta de vista, pues al acercarme más se excusa. "Uy perdona". Se ha equivocado. El lenguaje es caprichoso: ella se ha equivocado y yo soy el hombre equivocado, pero yo no he hecho nada.

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